- “Doctor, ¿como se encuentra, cree que mejorará?”.
- “No creo, perdone que sea tan duro, pero ha debido pasar por algo muy fuerte”.
- “Puedo verle”.
- “Como quiera, pero… bueno como quiera”.
El pasillo me parecía interminable, como en aquella película de Kubrick en la que Jack Nicholson no llegaba nunca al final.
Cuando miré por la pequeña ventana blindada se me vino el mundo encima.
Parecía tranquilo, sentado en una esquina, apoyado en esa inquietante pared acolchada, pero en su mirada no había brillo.
Tenía un nudo en la garganta, pero no lloré, ya no tenía lágrimas. Desconozco si podré aguantar esa carga en el interior, esa culpabilidad de saberme como el verdugo que había propiciado su reclusión en ese infierno.
El alcohol y las drogas ya no tenían efecto sobre mí.
No conseguía borrar de mi mente esa imagen que desencadenó con mi mejor amigo en un entierro en vida.
No paro de preguntarme una y otra vez como pudimos llegar a ese punto.
Ese día amaneció soleado, el cielo dibujaba una imagen como para ponerla en la portada del “Nacional Geografic”, pero poco a poco todo se fue torciendo.
Necesitábamos el dinero, últimamente íbamos de lió en lió y ese puñado de billetes eran nuestra luz al final del túnel, pero nunca debimos aceptar esa maldita apuesta. No estábamos preparados para afrontar algo tan duro, pero nuestro futuro pasaba por conseguir esa pasta.
Me vino a buscar en el Toledo de su padre, el mismo con el que nos habíamos montado tantas juergas.
Monté en el coche y nos dirigimos hacia ese antro en el que habíamos quedado.
Ni siquiera nos saludamos y no cruzamos ni una palabra en todo el camino. Durante el trayecto sólo me venía a la cabeza, como una broma macabra, el “paint in black” de los Rolling.
Aparcamos en la parte de atrás. Nos miramos antes de entrar y nos deseamos suerte con la mirada, aunque sin saberlo nos estábamos despidiendo.
Llamé al timbre y al rato abrió la puerta ese camarero que tanto asco me daba.
Llevaba la misma camiseta sin mangas de siempre, en la cual echándole mucha imaginación se podía leer “Smile” y debajo una sonrisa dibujada que deformada por su enorme tripa había dejado de sonreír.
Según andábamos hacia la trastienda me iba empapando de un repugnante hedor, mezcla de sudor, güisqui y sangre. Este último ingrediente era más identificable según nos acercamos a la trastienda.
Una vez allí miré a mi alrededor. La habitación era tal y como me la había imaginado. Era una sala sacada de una novela de Bukowski : Oscura, fría, vieja, llena de cajas que sólo Dios sabría lo que tendrían dentro y en el centro una mesa de madera carcomida por las ratas.
Nos dirigimos hacia esa mesa. Al llegar, el camarero me dijo donde tenía que sentarme. Rober se quedó de pie a mi lado. Puso su mano sobre mi hombro y noté como temblaba. Le miré de reojo, casi lloraba. Con ese escueto y ridículo gesto nos lo dijimos todo.
Frente a mí estaba aquel hombre, el cual tenía nuestro pasaporte al cielo o al infierno. Dejamos en el centro de la mesa todo el dinero. Ahí se juntó mucha pasta.
- “Joder, que poco vale una vida”- pensé en voz alta sin darme cuenta.
El camarero trajo el estuche y lo abrió.
Me quedé unos segundos mirando la pistola.
Era la primera vez que iba a empuñar un arma y rezaba por que no fuera la última.
El camarero preguntó que si alguno de los dos quería ser el primero. Tras dos horas de silencio que tan solo duraron unos segundos, el hombre cogió el revólver.
No sé si le di pena o quizás lo hizo por reducir riesgos en caso de no caer fulminado a las primeras de cambio.
Como si de un ritual se tratara, miró el revólver, lo examinó asegurándose que efectivamente sólo había una bala en el tambor.
Apoyó el cañón en su sien, amartilló la pistola, me miró y dijo:
-“Esta bala lleva tu nombre, chico”.
Apretó el gatillo sin dejar de mirarme, sin tan siquiera pestañear y esbozando una siniestra sonrisa cuando sonó “¡Click!”.
Era mi turno y a la cabeza me venían miles de imágenes: De cuando era pequeño, mis primeros borracheras como Marcos y Ángel, aquella vez que me pilló mi madre en casa con una compañera de 3º, las juergas con Sac en fin de curso, la bonita historia que acababa de comenzar con una compañera del curro, incluso me vino a la cabeza la llamada que había recibido el otro día diciéndome que contaban conmigo para trabajar en aquel Laboratorio de Pamplona. Volví a la realidad, tragué aquel asqueroso güisqui que míster Smail me había servido, me encendí otro lucky y deseé tener la posibilidad de morir de cáncer en lugar de hacerlo esa noche.
Apreté en cañón en mi sien. Mire al hombre y no se me ocurrió ninguna frase ingeniosa como la suya.
Lentamente comencé a apretar el gatillo que parecía pesar una tonelada, cerré los ojos y empuje hasta el final.
-¡Clik!.
Suspiré y noté como echaba humo por la nariz, humo de aquel Lucky que me parecía haber encendido hacia un siglo y del cual había dado tan solo una calada.
Le pasé el arma al hombre. Ya no parecía tan relajado.
Volvió a realizar su ritual, pero esta vez comprobó que tenía más probabilidades de morir.
Se encañonó de nuevo y sin pensárselo dos veces disparo y………..“¡Clik!”
Me pasó la pistola sabiendo que esa noche no le tocaba morir.
Solo quedaban dos disparos en el revólver y en uno de ellos estaba la bala que según aquel tipo llevaba mi nombre.
Si disparaba y sonaba el celestial “Clik” el dueño del bar cubría la apuesta, si me retiraba lo perdíamos todos.
Apoyé de nuevo el cañón en mi sien empapada de sudor. Comencé a apretar el gatillo mientras gritaba sin darme cuenta:
-¡Ganar o morir, ganar o morir, ganar o ………. - Disparé.
Dejé de mirar por aquella diminuta ventana blindada y mientras me dirigía hacia ninguna parte me preguntaba que sería peor, ¿Si estar loco toda la vida o vagar muerto por toda la eternidad?
R.I.P