Me quedé fijamente mirando, era imposible, pero estaba seguro de no estar durmiendo.
Volví a mirarla. Si, era ella.
Estaba guapísima, exactamente igual que la última vez que la vi.
Habían pasado ya diez años desde aquella fatídica noche. No se me había borrado de la mente esa cena con ella, la última cena.
Recuerdo que nos preparó berenjenas rebozadas, sabía que me encantaban. Hablamos de los estudios, de mis amigos, de qué había hecho la noche anterior para llegar a casa a la misma hora que se iba mi hermano a trabajar. Hablamos de mil cosas.
Cuando acabamos de cenar me levanté para dejar el plato en la pila y la miré a través de la ventana mientras se dirigía hacia los cubos para tirar la basura.
Lo que sucedió después lo he intentado olvidar, pero una y otra vez me aguijonea el recuerdo ese chirriar de neumáticos y la imagen de como ese hijo de puta borracho arrancaba la vida a una buena mujer, a una buena madre, a mi madre.
Me sobrevino una sonrisa nerviosa y me sentí un tanto ridículo por haber creído por unos segundos que esa señora era mamá.
Me di la vuelta para montarme en la Ducati y continuar la marcha, pero vi con sorpresa que la moto no estaba allí, se encontraba unos metros más abajo.
Me estremecí al verla empotrada en el quitamiedos de la carretera.
Me giré de nuevo y vi como esa señora que se parecía tanto a mi madre se dirigía sonriendo hacia mí.
XVIII.
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El 14 de marzo de 2013 amaneció con un sol centelleante, despuntando en lo
alto, acariciando con sus rayos los rascacielos. Nacho se despertó muy
temprano....
Hace 16 años

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