viernes, 15 de mayo de 2009

UN DIA MAS EN LA OFICINA

Me tragué aquel asqueroso brebaje de un trago. A su lado, la lejía con la que nunca habían limpiado el suelo de ese repugnante garito era un elixir de dioses.
Miré a la camarera y con un simple movimiento de las cejas le dije que me sirviera otro güisqui.
Mientras la chica me servía la copa con desgana, me encendí un cigarro con la colilla del anterior. En ese tipo de situaciones fumaba más de la cuenta, me mantenía calmado. Hice girar el taburete 180 grados y apoyé la espalda sobre la barra mirando hacia las dos mulatas que hacían un patético espectáculo lésbico tan mecanizado que parecían robots.
A los seis o siete tipos que no las quitaban el ojo de encima parecía que el ridículo baile les encantaba y por la cantidad de barbaridades que escupían sus gargantas era obvio que no debían haber leído mucho a Pablo Neruda.
Con disimulo me fijé en el reservado del fondo. Encima de la mesa había varias botellas vacías de champagne. Me parecía increíble que en ese tugurio sirvieran esa marca. Ese tío y sus tres acompañantes femeninas, se habían bebido más de 5.000 euros de krug.
Conocía muy bien a aquel tipo de individuos. Claramente tenía complejo de Dios. En lugar de estar ahí, podría haber cenado perfectamente en El Bulli y a continuación volar hasta Málaga para tomarse una copa en Puerto Banús, pero en esos sitios no habría resaltado tanto como lo estaba haciendo aquí, en “El Oasis”.
El Oasis era un “selecto” local en la calle de la Luna. Su dueño regentaba el negocio desde hacía unos meses.
Lo ganó en una timba de póker tras ver la apuesta del expropietario del Oasis. El Garci, que así se llama el actual dueño, apostó seguro de su victoria. Tras ver sus cartas y observar que llevaba cuatro iguales, se le dilataron tanto las pupilas como aquella vez, que para celebrar que llevaba nueve días sin consumir drogas, se preparo un pequeño banquete que consistía en Speed, Cristal, Ice, coca y hasta tres pastillas de Orfidal que le había quitado a su madre. Evidentemente todo ello bañado con un asqueroso licor que solía tomar sin alcohol. Siempre decía que el alcohol era malísimo para la salud. En aquella partida de póker iba tan ciego que las cuatro cartas que había visto iguales lo eran por que el muy jilipollas las tenía al revés pero ganó la mano igualmente por que su oponente entre sus cartas tenía dos ases del mismo palo. Esa noche, el exdueño, perdió la partida, el negocio, y varios litros de sangre.
Absorto en mis pensamientos, vi como el tipo del reservado se levantaba para ir al baño. Pocos segundos después entré tras él sabiendo que le había dado el tiempo suficiente como para pillarle en el urinario. Fue cuestión de segundos. Saqué la Beretta 92 con silenciador y disparé en la nuca de ese pobre diablo. Me resultó curioso como se cortó la meada de aquel tipo. Sentí un poco de pena, por lo menos le podía haber dejado mear del todo antes de mandarle al infierno del que nunca debía de haber salido.
Me guardé el arma con tranquilidad. Esa pistola era un regalo de mi mujer que siempre me decía que para el trabajo no había que escatimar nada y me había regalado la Beretta en nuestro último aniversario.
Salí del baño caminando tranquilamente hacia la calle. Crucé fugazmente una mirada con las espectaculares mujeres que durante mucho tiempo no volverían a tomar un champagne como aquel.
Arranqué el coche, me encantaba como rugían los doce cilindros dándome la bienvenida.
Miré en el espejo la pequeña mancha de sangre que tenía en el cuello de la camisa y sonreí al imaginarme a mi mujer diciéndome que era peor que los niños, que no ganábamos para camisas.
Conduje con un respeto máximo hasta la M30.
Miré el reloj y vi que eran las ocho y media. Aun llegaba a tiempo para el baño de los niños tras otro duro día de trabajo.